lunes, 1 de diciembre de 2008

El sexo y la identidad en tres sociedades

Hoy quiero compartir con vosotr@s las principales conclusiones de un estudio de la antropóloga norteamericana Margaret Mead (1901-1978), famosa por sus estudios transculturales de la infancia, la adolescencia, la sexualidad y los roles de género en Samoa y en otras culturas del Pacífico. Muy relevantes son las conclusiones a las que llega acerca de la socialización sexual y emocional en Occidente, a partir de su conocimiento de esas otras culturas.
Un resumen de sus conclusiones, en un estudio sobre tres tribus de Nueva Guinea, es éste:

“A lo largo de este estudio hemos analizado detalladamente la personalidad que se asigna a cada sexo en tres pueblos primitivos.

Hemos descubierto que los arapesh, sean hombres o mujeres, desarrollan una personalidad que nosotros, desde nuestro punto de vista históricamente limitado, llamaríamos "maternal" en lo relativo al cuidado de los niños y "femenina" en los aspectos sexuales. Allí los individuos son educados para que sean pacíficos, cooperativos y atentos con las necesidades de los otros, independientemente de su sexo; ademas, ni los hombres ni las mujeres arapesh consideran la sexualidad como una fuerza demasiado motivadora.

En marcado contraste con estas actitudes, los mundugumor de ambos sexos son mucho más agresivos, afirman su sexualidad con más fuerza y en su personalidad encontramos poca ternura maternal; son lo que en nuestra cultura consideraríamos personas violentas e ingobernables. Sin embargo, ni los arapesh ni los mundugumor han desarrollado un contraste de personalidad entre uno y otro sexo. El ideal de varón arapesh es el de un hombre pacífico y comprensivo que está casado con una mujer como él; el de los mundugurnor el de un hombre violento y agresivo, con una mujer de carácter similar.

Pero en la tercera tribu que hemos estudiado, la de los tchambuli, encontramos unas actitudes en relación al sexo que son precisamente el reverso de las que predominan en nuestra cultura: allí la mujer es la que domina, ordena y es fría emocionalmente, mientras que el hombre se muestra sometido y dependiente.

Con estos datos, la conclusión es evidente: si esas actitudes que consideramos aquí típicamente femeninas (la pasividad sexual, la sensibilidad y la disposición para cuidar cariñosamente a los niños) son asignadas al sexo masculino en una tribu y tanto a los hombres como a las mujeres en otra, no existe ninguna base para relacionar tales actitudes con el sexo. (...)

Pero si estamos de acuerdo en esta maleabilidad de la naturaleza humana, ¿cual es el origen de las diferencias de personalidad que dictan las diversas culturas, o bien para todos sus miembros, o bien para los de un sexo en contraste con los del otro sexo? Si es cierto que tales contrastes son de origen cultural, como indican nuestros datos, de forma que cualquier bebé puede convertirse potencialmente en un pacífico arapesh o en el agresivo mundugumor ¿por qué existen estas diferencias tan sorprendentes?
¿Que conclusiones sacamos al comprobar que una cultura puede elegir unos pocos rasgos, de entre la amplia gama de cualidades humanas, con objeto de implantarlos como deseables para cada uno de los sexos o para la comunidad entera?


Si echamos un vistazo a nuestra historia, en seguida nos damos cuenta de que hay cualidades que fueron muy valoradas en un siglo, y sin embargo rechazadas en el siguiente: hombres que hubieran sido considerados como santos en la Edad Media se hubieran sentido sin vocación en la cultura anglosajona actual. (...) Cuando una cultura tiene un alto grado de integración, se orienta hacia unos fines muy específicos y es inflexible en sus principios morales y espirituales, condena a algunos de los que han nacido en su seno a vivir enajenados de ella, llenos de perplejidad, a convertirse en rebeldes o, en el peor de los casos, a caer en la locura.
En nuestro contexto suele considerarse a los que no aceptan las normas culturales vigentes como neuróticos: individuos que se han alejado de la realidad (esto es, de las soluciones que les ofrece su propia cultura) para refugiarse en la fantasía, en alguna filosofía trascendental, en tendencias políticas extremistas, en la inversión sexual o en alguna corriente excéntrica como el vegetarianismo o el nudismo. Además, al neurótico se le considera una persona inmadura que no ha crecido lo suficiente para comprender los loables propósitos de la sociedad en que le ha tocado nacer. "


2 comentarios:

Efraím Díaz dijo...

Muy interesante, este estudio se debía de conocer más, sobre todo por esas personas que aun dicen que no hay tantas diferencias entre sexos en nuestra sociedad.

Un saludo.

Marta dijo...

Sí que deberían darse a conocer más estos estudios.
Hay que decir tambien que hay estudis@s (aunque son poc@s, que yo sepa)que siguen apoyando la idea de uqe somos diferentes por naturaleza en función del sexo.
no obstante, cada vez hay más estudios que revelan datos en la dirección que marca Mead.
Es una tesis que yo comparto, ´desde mi punto de vista lo que marca los roles de género es la educación, y la sociedad es la que premia, castiga y difunde esos roles, según convenga.

un saludo