viernes, 30 de enero de 2009

Un caballero en el mundo real


Había una vez un heroico caballero de cuento de hadas.

Su valentía era tan grande, y su espada tan temida, que se aburrió de buscar dragones, ogros y monstruos de cuento en cuento, y decidió abandonar los cuentos y venir a probar su valentía y su destreza al mundo real.


Pero cuando llegó aquí, no encontró temibles criaturas, ni malvados brujos, ni siquiera una madrastra a la que atemorizar con su espada. Y era muy raro, porque lo único que vio fue gente preocupadísima, con la misma cara de susto de todos aquellos que alguna vez había salvado de un dragón o un ogro.

Sin embargo, no parecía haber nadie que les atemorizara o les obligara a vivir con aquella angustia: todos iban de un lado a otro, con prisa y sin hablar con nadie, como si algo terrible fuera a ocurrir. Pero al acabar el día, nada malo había ocurrido.

Y así un día, y otro, y otro.


El caballero pensó que aquella podría ser su aventura más heroica, y resolvió dedicarse por completo a encontrar el misterio de la angustia del mundo real. Buscó, preguntó, indagó, pero no encontró nada.


Dispuesto a no rendirse, regresó a su mundo de cuentos para hablar con el gran sabio.

- Dime, gran sabio ¿cuál es el gran enemigo invisible que atemoriza a las gentes del mundo real? Aún no he podido encontrarlo, pero no descansaré hasta vencerle y liberarlos a todos, como hice con tantas ciudades.

El gran sabio calló durante largo rato, y finalmente dijo:

- El enemigo no existe, pero es poderoso, y tan numeroso como las estrellas del cielo

- ¡Cómo! - protestó el caballero - ¿es eso posible?

- En el mundo real, como no había dragones ni ogros, se inventaron los enemigos, y ahora los llevan dentro. Cada uno tiene un enemigo hecho a su medida, y está dentro de su corazón. Para unos se llama codicia, para otros envidia, para otros egoísmo, pesimismo o desesperanza. Han sembrado su interior de malos sentimientos, llevándolos consigo a todas partes, y no es nada fácil arrancarlos de allí. No son capaces de valorar aquello que tienen, y tan solo se preocupan de lo que no poseen.

- Yo lo haré -repuso el caballero- yo los libraré.


Y el caballero regresó al mundo, llevando consigo todas sus armas. Y uno tras otro, se fue ofreciendo a cuantos encontraba para liberarles de su mal interior. Pero nadie le hizo caso, sólo encontró indiferencia y caras de extrañeza.


Finalmente, agotado y confundido, arrojó sus armas al suelo y se dirigió hacia una piedra del camino para descansar. Pero al hacerlo, tropezó con la espada y fue a parar al suelo, dándose de cabeza contra un pollo que cacareaba por allí.

Al verlo, un hombrecillo triste que pasaba por aquel lugar, comenzó a reir a carcajadas, tanto que casi no podía mantenerse en pie. El caballero se enojó, pero al mirar al hombrecillo, observó en sus ojos el brillo alegre que no había encontrado en el mundo real...


Y así fue como el caballero encontró por fin la solución al mal de los habitantes del mundo; sólo necesitaban una sonrisa, una pequeña ayuda para desterrar sus malos sentimientos y disfrutar de la vida...

Y desde aquel día, el caballero, armado con una gran sonrisa, se dedicó a formar un ejército de libertadores, un numeroso grupo de gente capaz de recordar a cualquiera la alegría de vivir.

Y vaya si ganó la batalla, tan brillantemete como siempre había hecho.

2 comentarios:

Efraím Díaz dijo...

Esta bien el cuento, pero creo que no llega solo con una sonrisa. Esa sonrisa no cabe duda que ayudará y es mejorn tenerla que no tenerla, pero se necesitan muchas otras cosas.

Un beso.

Mabel dijo...

Que bonita es una sonrisa...aunque no se "vea"...ya dicen por ahí, que incluso al levantar el auricular del teléfono(sin estar presente el otro físicamente a nuestro lado)deberíamos recibirlo con una sonrisa,,,el clima cambia...se siente!...os animo a que lo pongais a prueba...besos!!