sábado, 19 de septiembre de 2009

El gallego que fue rey del Amazonas

Por sí aún hay quien duda que se puede encontrar a un gallego-a en cualquier parte del mundo,os contaré brevemente la historia de Alfonso Graña.

Ildefonso Graña Cortizo, explorador y aventurero español, más conocido como Alfonso Graña, nació en Amiudal, Concello de Avión, Ourense.
Como tantos otros gallegos, tuvo que emigrar a América a principios del siglo XX, y allí trabajó extrayendo caucho, poco menos que como un esclavo, tales eran las condiciones de vida en esa profesión.

Tras la crisis del caucho, en 1922, se internó en lo más profundo de la selva acompañado de un vecino y amigo gallego. Allí se encontraron con una tribu de indios jíbaros. Su amigo fue asesinado, pero, según se cuenta, a Alfonso Graña ( era alto y delgado, y descendiente de una apuesta familia conocida en su remota aldea natal por el apodo de Los Chulos. Le gustaba –quizá herencia del padre, sastre– vestir elegantemente, y se tocaba con unas gafas redondas que le daban un aire intelectual) le respetan la vida porque se encapricha con él la hija del apu (jefe) de la tribu. Alfonso Graña tuvo dos hijos con la hija del jefe de los jíbaros, ambos de tez blanca, ojos celestes y cabello rojizo.

Durante doce años, Alfonso Graña vivió entre los temidos guerreros ahuaruna y huambisa, las tribus reductoras de cabezas, y ejerció una notable influencia en un territorio tan extenso como media España. Llegó a ser "rey" de las tribus jíbaras, aguaruna y huambisa en los ríos Nieva y Santiago del Alto Marañón, pues aquel hombre blanco, inmune a las fiebres, al veneno de las tarántulas o a la furia de los rápidos (solamente él y los más valientes guerreros se atrevían a atravesar ciertos rápidos del Amazonas), parecía a veces inmortal, lo que inspiraba un gran respeto a los indígenas.

Alfonso Graña fue un hábil comerciante que puso en contacto dos mundos: el milenario y ancestral de los indios jíbaros, y el de la opulencia cauchera de Iquitos. Graña, además, había enseñado a los indios a aumentar la producción de sal, indispensable para curar el pescado y la carne, y se empleó a fondo para reducir los conflictos entre aguarunas y huambisas utilizando sus dotes de persuasión y su capacidad de mando.

“Los indígenas lo adoraban y seguían a todas partes”, cuenta el editor y escritor Gonzalo Allegue, precursor en el redescubrimiento de este personaje. “En la ciudad les curaba las úlceras de las piernas, les cortaba el pelo, les invitaba a helados y los llevaba al cine. Por las tardes, los huambisas se vestían de frac y sombrero de copa de los masones de la colonia española y salían a pasear en el Ford 18 descapotable cedido por Cesáreo Mosquera”.

“Cuando en 1926 la Standard Oil [la petrolera propiedad de los Rockefeller] quiso explotar los supuestos pozos petrolíferos del alto Amazonas”, relata Lois Pérez Leira, responsable de migración de la Confederación Intersindical Galega y otro precursor en las investigaciones sobre el personaje, “tuvo que pactar con Graña, y gracias a él pudo hacer los sondeos”.

Pero fue en 1933, en pleno Amazonas, cuando un suceso acaba por asentar definitivamente el reinado de Alfonso Graña.
Todo comienza cuando un avión de combate de las Fuerzas Aéreas peruanas que participaba en la guerra entre Perú y Colombia se estrella en la selva. Fallece el piloto, y el mecánico queda malherido. Los indios, comandados por Graña, localizan los restos del aparato y salvan la vida del herido cuidando de él toda la noche.Fue entonces cuando Graña toma una decisión con la que alcanzaría una fama imperecedera. Embalsama el cadáver con la ayuda de los indígenas, ordena recoger los restos del hidroavión y los embarca junto al ataúd en una balsa. En otra, monta un segundo avión de la misma cuadrilla que había sufrido desperfectos tras el amerizaje de emergencia, aunque sin víctimas. Y con esa frágil flota se dispone a hacer lo que parecía imposible: cruzar el Pongo de Manseriche.
Con ayuda o no de su espíritu protector, lo cierto es que logra su objetivo, y más de una semana después llega a Iquitos, donde le recibe una multitud impresionada ante la valentía de ese hombre que se había jugado la vida para entregar el cadáver a la familia del piloto.

Alfonso murió en plena selva, pocos meses despues de ésto, y nunca se localizó su cadáver.
De la Serna le dedicó en enero de 1935, en el periódico Ya, un inspirado obituario: “Detrás de su alma en tránsito, detrás de su alma simple, como la de una criatura elemental, la selva se habrá cerrado en uno de esos estremecimientos indecibles del cosmos vegetal”.
La biografía completa de Alfonso, en http://www.fernandezsendin.com/indicegrana.htm

4 comentarios:

Nuria dijo...

aray, pues va a ser cierto que estamos en todas partes.
No conocía la historia Marta.

Bicos

Efraím Díaz dijo...

Cuantas "pequeñas" historias hay. Esas historias merecerían un hueco más merecido en los medios que por ejemplo la muerte de Paquirri.

Muy buena entrada y muy trabajada, doy fe.

Gracias Nuria por comentar siempre.

Un besito.

Nuria dijo...

Bueno, no es ni siquiera necesario irse a lo de la muerte de Paquirri ;-), basta con mirar algunos programas de nuestra Tv autonómica en horario de máxima audiencia, realmente a mí me dan verguenza ajena.

Sin embargo a veces a mediodía, encuantras cosas interesantes a las que no se les da publicidad.

NNos hemos desviado a la otro tema ;-)

Es un placcer venir a veros a los dos.

Bicos

Marta dijo...

Hola a los dos!
Es cierto que estas historia, y otras muchas,merecían más hueco en los medios que muchas que ponen ahora.

Es una vida fascinante la de este hombre, la verdad es que los gallegos estamos en todo el mundo!

Un beso!